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jueves, 16 de enero de 2014

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Todo ser humano fue en sus comienzos una sola célula, un óvulo, que fue fertilizado por un espermatozoide y empezó enseguida a dividirse hasta alcanzar cien billones de unidades en la edad adulta. Aunque son minúsculas —unas diez mil de tamaño promedio caben en la cabeza de un alfiler—, las células encierran una asombrosa complejidad. Cada una de ellas es mucho más intrincada que cualquier máquina o fábrica del hombre. Según los científicos, la célula es comparable a una ciudad amurallada, con entradas y salidas controladas, sistema de transporte, red de comunicaciones, centrales eléctricas, complejos industriales, plantas de reciclaje y tratamiento de residuos, cuerpos de defensa y hasta una especie de gobierno central en el núcleo. Además, tiene la capacidad de duplicarse en pocas horas.

Claro, no todas las células son del mismo tipo. Al irse dividiendo en la fase embrionaria, asumen diversas funciones, según pasen a formar parte del sistema nervioso, los huesos, los músculos, la sangre o los ojos. Dicha diferenciación va programada en el ADN, la “biblioteca” que alberga los planos  genéticos del núcleo. Es digno de señalarse que David dijo a Jehová por inspiración: “Tus ojos vieron hasta mi embrión, y en tu libro todas sus partes estaban escritas” (Salmo 139:16).

Algunas partes de nuestro cuerpo manifiestan una inmensa complejidad. Fijémonos en el cerebro, al que se ha llamado el objeto más intrincado que se conoce en el universo. En él hay unos cien mil millones de neuronas —tantas como estrellas tiene nuestra galaxia—, cada una de las cuales se ramifica y establece miles de conexiones con sus compañeras. La ciencia afirma que el cerebro podría contener toda la información existente en el conjunto de bibliotecas del mundo entero y que su capacidad de almacenaje tal vez sea inconmensurable. Pese a haberlo estudiado por decenios, los investigadores admiten que quizás nunca llegue a entenderse a plenitud este órgano “maravillosamente hecho”.




Fijémonos en el cerebro, al que se ha llamado el objeto más intrincado que se conoce en el universo. En él hay unos cien mil millones de neuronas —tantas como estrellas tiene nuestra galaxia—, cada una de las cuales se ramifica y establece miles de conexiones con sus compañeras. La ciencia afirma que el cerebro podría contener toda la información existente en el conjunto de bibliotecas del mundo entero y que su capacidad de almacenaje tal vez sea inconmensurable. Pese a haberlo estudiado por decenios, los investigadores admiten que quizás nunca llegue a entenderse a plenitud este órgano “maravillosamente hecho”.

El lóbulo frontal

La mayor parte de las neuronas situadas en la capa exterior del cerebro, la corteza cerebral, no están relacionadas directamente con músculos ni órganos sensoriales. Un ejemplo de ello son los miles de millones de neuronas que componen el lóbulo frontal. Los escáneres del cerebro demuestran que el lóbulo frontal se activa cuando pensamos en una palabra o evocamos recuerdos. La parte frontal del cerebro tiene mucho que ver con la identidad personal.
“La corteza prefrontal [...] desempeña un papel muy importante en la elaboración del pensamiento, la inteligencia, la motivación y la personalidad. Relaciona las experiencias necesarias para la formación de las ideas abstractas, el juicio, la perseverancia, la planificación, el interés por los demás y la consciencia. [...] La elaboración que tiene lugar en esta zona distingue al ser humano de los demás animales.” (Human Anatomy and Physiology, de Marieb.) Vemos prueba de esta distinción en lo que el ser humano ha conseguido en disciplinas como las matemáticas, la filosofía y el derecho, en las que interviene principalmente la corteza prefrontal.

¿Por qué tiene el ser humano una corteza prefrontal grande y flexible que contribuye a funciones mentales más elevadas, mientras que en el animal esta zona es rudimentaria o inexistente? El contraste es tan grande que los biólogos que sostienen la evolución del hombre hablan de la “misteriosa explosión del tamaño del cerebro”. El profesor de Biología Richard F. Thompson admite con respecto al extraordinario crecimiento de la corteza cerebral humana: “Aún no entendemos con claridad por qué sucedió así”. ¿Podría deberse a que se hubiera creado al hombre con esa capacidad cerebral sin par?

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